Cambio tecnológico: el futuro del empleo y de las desigualdades de género

Ph: Noell Oszvald

Por Verónica Gómez

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Algunas reflexiones a la luz de los diagnósticos de la Organización Internacional del Trabajo

En el marco de la conmemoración del centenario de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), su Oficina Regional para América Latina y el Caribe publicó un nuevo informe de la serie Panorama Laboral Temático sobre la situación de las mujeres en el mundo del trabajo y los retos pendientes hacia una efectiva equidad[1].

Datado en 2019, dicho informe ofrece una perspectiva histórica y un panorama actual que, a través de cifras concretas, revelan la persistencia de graves diferencias de género entre las que pueden mencionarse la significativa brecha de ingresos laborales, una menor participación laboral femenina y mayores tasas de desocupación, trabajo a tiempo parcial e informalidad, así como la segregación vertical y horizontal que excluye a las mujeres de los puestos de dirección y los sectores de actividad mejor remunerados.

 

Son todos fenómenos estrechamente emparentados a una división sexual del trabajo todavía vigente en nuestras sociedades, que ubica a los hogares como espacio natural de las mujeres y las convierte en responsables casi exclusivas de las tareas de cuidado, operando como un obstáculo insalvable para que su inserción laboral se dé en condiciones de igualdad.

Sin dejar de reconocer lo valioso de ese análisis, lo que aquí interesa especialmente del informe de referencia, es la mirada que ofrece sobre el futuro del trabajo femenino y los desafíos que enfrenta en el contexto de profundo y acelerado cambio tecnológico que está teniendo lugar en la región y en el mundo.

 

La primera cuestión que aborda el documento de la Oficina Regional de la OIT está relacionada con los procesos de automatización que están registrando las cadenas productivas, dejando abierta la posibilidad concreta de suplantar el trabajo de las personas a partir del uso de computadoras, inteligencia artificial y robótica.

Aunque varían según los países y la fuente, las mediciones sobre el alcance que tendrá esta sustitución en la región son todas preocupantes. En general, se estima que en América Latina y el Caribe, el 50% de las actividades tienen potencial de ser reemplazadas, afectando a más de 100 millones de empleados y empleadas[2].

Según detalla el informe, los empleos que enfrentan mayores riesgos son aquellos en los que prevalecen las tareas rutinarias y las operaciones mecánicas. Dentro de este grupo aparecen algunos puestos administrativos y comerciales, pero también las industrias manufactureras, la construcción, la minería y el transporte, donde predomina la presencia masculina.

Como contracara, la demanda de empleos que requieren empatía, comunicación y trato interpersonal, muy probablemente se verá sostenida o incrementada, entre ellos, muchos servicios vinculados a la salud, el cuidado, la asistencia social y la educación, en los que las trabajadoras mujeres son mayoría.

Es de esperar que las ocupaciones de alta calificación con un uso intensivo de labores abstractas recorran el mismo camino y que – tal como ocurrió durante otras etapas de innovación tecnológica – se creen nuevos puestos de trabajo que, en esta oportunidad, están solicitando habilidades digitales de programación, gestión de datos y diseño de información.

Del cuadro descripto no pareciera, a simple vista, desprenderse que las mujeres vayan a verse particularmente perjudicadas por la automatización. No obstante, una observación más minuciosa permite poner en evidencia lo contrario.

Hacia el interior de muchos rubros de actividad, incluso tradicionalmente considerados masculinos o con porcentajes cercanos de trabajadores y trabajadoras, es común que estas últimas asuman tareas repetitivas como es el caso de las cajeras de supermercados que ya están siendo reemplazadas por máquinas.

Por otra parte, el hecho que resulte difícil o imposible sustituir los puestos de trabajo que aparecen como una extensión de las labores de cuidado que las mujeres llevan adelante en sus hogares, no tiene como correlato una mayor valoración económica y social de esas tareas. En la actualidad, la mayoría son trabajos considerados de poca jerarquía y con bajos salarios, cuando no directamente precarizados.

En ese sentido, la pandemia del covid-19 ha demostrado que el carácter esencial de una tarea no conlleva a un reconocimiento automático de los derechos laborales de las personas que la realizan. Un ejemplo paradigmático es el de los trabajadores y trabajadoras de las plataformas que brindan servicios puerta a puerta.

Además, los techos de cristal construidos sobre la base de estereotipos en torno a la falta de capacidad de abstracción y mando de las mujeres les impiden acceder a puestos jerárquicos y están siendo determinantes de reacomodamientos laborales hacia puestos de trabajo de peor calidad.

En virtud de factores similares, las trabajadoras se encuentran en una posición de desventaja en el acceso a los empleos especializados que se están generando. El informe muestra que en América Latina y el Caribe – con excepción de Argentina y Uruguay donde son cuatro de cada diez – las mujeres representan menos del 35% de las personas graduadas en carreras relacionadas a la tecnología, la ingeniería y la matemática, y aunque es la región del mundo con más proporción de investigadoras, están concentradas en el sector público y la academia, mientras el mundo privado es el que brinda mejores salarios y más oportunidades laborales[3]. Sin dudas, los hombres tienen más chances de trabajar en el sector tecnológico y cuando las mujeres se incorporan, muchas veces terminan desempeñando tareas administrativas y, por ende, más expuestas a la automatización[4].

En segundo lugar, la Oficina Regional se centra en la creciente tendencia a un modelo de relaciones laborales, atípicas, más flexibles y móviles que, en principio, podrían constituir una buena alternativa para quienes tienen que conciliar el trabajo remunerado con las labores de cuidado. El informe cita la existencia de evidencia de cómo el trabajo remoto puede contribuir al aumento de la participación laboral de las mujeres, sobre todo casadas, con hijos e hijas pequeñas y mayor nivel educativo[5].

Sin embargo, el documento también reconoce que el refuerzo de la lógica emprendedorista y el supuesto autoempleo alentado por la proliferación de plataformas que articulan la oferta y demanda de servicios, puede ser problemático para el empleo femenino por tres conjuntos de razones.

El primero tiene que ver con que la relación entre una parte empleadora y otra trabajadora se desdibuja igual que la figura del empleo asalariado y esto trae aparejado el debilitamiento de los derechos laborales básicos y los sistemas de protección social. Muchos de estos puestos de trabajo solo garantizan un ingreso sin vacaciones ni descansos pagos, aguinaldo, cobertura de salud ni jubilaciones, impidiendo que las trabajadoras que acceden a ellos reviertan el status de precariedad que ha signado buena parte de sus trayectorias laborales.

En paralelo, aparece un segundo conjunto que da por tierra con las promesas de neutralidad de la tecnología. En los nuevos formatos laborales se replican las diferencias relevadas en los mercados tradicionales respecto de los niveles de participación femenina, el tipo de actividades desarrollado y los ingresos percibidos. Las trabajadoras siguen pudiendo dedicar menos horas al trabajo remunerado y quedan atrapadas en tareas sin calificación específica, de atención o domésticas que reciben las peores pagas. En los países que la OIT denomina “en desarrollo”, solo una de cada cinco personas con empleos digitales es mujer[6].  De la misma manera, el uso de algoritmos de intermediación laboral y selección de personal ha mostrado sesgos de género porque se diseñan a partir de parámetros masculinos que motorizan decisiones discriminatorias.

Finalmente y como volvió a quedar de manifiesto a partir de las medidas de aislamiento social adoptadas para contener la propagación del covid, el teletrabajo puede derivar en una sobrecarga todavía mayor de responsabilidades sobre las espaldas femeninas, desvaneciendo los límites entre trabajo remunerado y no remunerado, con la enorme pérdida de tiempo para el ocio y el autocuidado que esto trae aparejado, en tanto su promoción no resulte acompañada por políticas que apunten a conciliar ambos tipos de tarea.

En esos términos, se cierne un horizonte bastante poco esperanzador en el que, de no producirse transformaciones sustanciales, la consolidación de la economía digital terminará ensanchando y perpetuando las desigualdades de género que atraviesan el mundo del trabajo. Es urgente incorporar la perspectiva de género a los debates sobre el futuro del empleo y revisar las múltiples causas de esas desigualdades, entre ellas, la permanencia de una organización social del cuidado fuertemente familiarizada y feminizada.

La Organización Internacional del Trabajo hace el planteo de recurrir al diálogo social y, en particular, a la negociación colectiva como mecanismos para enfrentar esos desafíos en búsqueda de la igualdad laboral de mujeres y varones.  Claro que es un programa interesante, pero desplegarlo nos obliga a no perder de vista, para superar, las barreras que actualmente obturan la organización sindical de los trabajadores y trabajadoras digitales, así como las dificultades que históricamente ha enfrentado la participación femenina en las conducciones gremiales y las comisiones paritarias.

También exige visibilizar las nuevas formas de explotación que se esconden detrás de la “panacea tecnológica” y poner en la mesa de discusión el rol y los márgenes de ganancia de las empresas que lideran este proceso en la región y en el mundo, en contraste con la merma de bienestar de trabajadores y trabajadoras. Y por qué no, aprovechar los efectos de la automatización para redefinir la necesidad de entrelazar el reconocimiento de los derechos sociales con el trabajo formal, en miras de explorar y avanzar hacia estrategias de cobertura universal como la renta básica o el ingreso ciudadano.

[1] Organización Internacional del Trabajo.  Panorama Laboral Temático 5. Mujeres en el mundo del trabajo. Retos pendientes hacia una efectiva equidad en América Latina y el Caribe. Lima. OIT. Oficina Regional para América Latina y el Caribe, 2019.

[2] Informe citado, p. 119.

[3] Informe citado, p. 133.

[4] Informe citado, p. 126.

[5] Informe citado, p. 136

[6] Informe citado, pp. 137-138

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