Un golpe de inmersión digital: la trama de la historia detrás de la pandemia

Por Marco Mallamaci

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Cambio y permanencia: la estructura de la historia

¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere solo para que se repita un acontecimiento, solo para dar forma a una simetría escenográfica entre un antiguo y legendario asesinato como el de Julio César y el fatal destino de un gaucho pampeano (Borges, 1974: 793). Si, tal y como lo propone el microrrelato de Borges, a la historia le agradan las repeticiones y las variantes armoniosas, en la trama económica esto se traduciría en las dinámicas cíclicas que sugieren patrones y curvas de mediana y larga duración. Pero, tal vez, dichas repeticiones sean solo una fantasía del pensamiento analítico y, en realidad, el cambio es más bien eterno y nada se repite. ¿O será, tal vez, que nada cambia jamás y una estructura oculta y desconocida para el ojo humano domina el motor de la historia?

 

Ubicándose en medio de dicho dilema, Wallerstein (2011) inicia su obra sobre el sistema-mundo moderno afirmando que ambos tópicos son ciertos. El cambio y la permanencia son dos caras del orden de las relaciones humanas que muestran una existencia estable durante períodos relativamente largos de tiempo. Pero lo fundamental de dichas estructuras es que nacen, se desarrollan y finalmente mutan para desaparecer en el fondo velado del tiempo. Siguiendo dicha problemática, uno de los fenómenos más estudiados del capitalismo y sus patrones ha sido el de las crisis que redefinen mapas geoeconómicos y pautas en los procesos de producción y acumulación. Allí, un debate central pasa por determinar si la dinámica fundamental de la historia económica es una tendencia hacia el desarrollo y sus formas de equilibrio o una constante propensión hacia la inestabilidad cíclica. Las sociedades han atravesado diversas crisis que han redefinido el orden social; hasta el siglo XVIII, estuvieron fundamentalmente relacionadas con pestes, enfermedades y fenómenos climáticos; pero, luego de la conformación de las sociedades monetarias, en los últimos dos siglos los grandes ciclos se han producido mayormente por sucesos bancarios, bursátiles, inflacionarios y productivos. Se suele recurrir a los paralelismos entre diversos períodos para anticipar ciertas causas y consecuencias. Según su profundidad o persistencia, las crisis tienden a ser pensadas como bisagras entre épocas, lo cual supone la compresión de un complejo mapa sociocultural. Las clasificaciones más frecuentes son recesión, depresión, derrumbe, auge, estancamiento, etc. (Marichal, 2010).

 

A lo largo de la historia de las economías monetarias capitalistas, se pueden considerar cuatro grandes crisis que marcan los largos ciclos del sistema y definen las lógicas productivas, el consumo, los modelos de acumulación y las pautas culturales en general. Luego de la primera revolución industrial, cuando las máquinas a vapor, el acero y las redes ferroviarias ya habían configurado ciertos patrones económicos; durante la primera mitad de la década de 1870, se desata la Depresión Prolongada (Long Depression). Esta estuvo relacionada con un pánico financiero desencadenado tras la quiebra de entidades bancarias en Filadelfia y la caída de la bolsa de Viena. El resultado fue casi una década de depresión económica. Medio siglo más tarde, en el periodo de entreguerras, la crisis de 1930 marcaría el episodio económico más traumático del siglo XX, cuando, tras la caída de la bolsa de Wall Street, se extiende la Gran Depresión mundial. En un tercer momento, hacia la década de 1970, la Crisis del Petróleo da lugar a la aceleración del problema inflacionario, la reducción de la actividad a nivel mundial, el abandono definitivo del patrón oro y, con ello, la caída de Bretton Woods. Por último, en 2008, se desata el primer gran colapso financiero del siglo XXI tras la explosión de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, generando el derrumbe del sistema internacional de crédito y con ello lo que algunos definieron como una crisis de liquidez. El resultado fue el ingreso en un período recesivo. Estos ciclos, cada uno de ellos, marcan largos períodos mundiales de contracción y expansión en los que las etapas de reacomodamiento coinciden con transformaciones estructurales en los modos de producción y en las tecnologías dominantes. El fin de la crisis de 1870 coincide con la llamada “segunda revolución industrial” y una nueva base productiva centrada en la química y la electricidad. La Gran Depresión de 1930 encuentra su salida con la industria petroquímica, los automóviles, la consolidación de los medios masivos y el consumo. En la década de 1970, la crisis del petróleo coincide con el despegue de la telecomunicación y la informática. Finalmente, tras el colapso financiero de 2008, el nuevo ciclo parecía ir enlazado a la idea de sostenibilidad, la nanotecnología, el medioambiente, la salud, las bancas digitales, etc.

 

Desde el concepto de economía-mundo de Wallerstein, dichos ciclos de larga duración marcan las diferentes etapas estructurales del capitalismo. Las crisis muestran aquel proceso de cambio y permanencia que define la vida y la muerte de los sistemas históricos. El análisis de larga duración de Wallerstein comienza entre los siglos XV y XVI y cierra en la segunda mitad del siglo XX. El desarrollo del sistema pasa por la conformación de zonas funcionales que ocupan lugares desiguales en el mapa geopolítico: centros y periferias que participan de la máquina económica mundial con diversos roles en la división del trabajo, en la diplomacia y en la legitimidad política. Cada cambio de ciclo es posible solo por la explosión de alguna crisis profunda; en dichos períodos de inestabilidad, los Estados y regiones compiten para reposicionarse en el mapa geoeconómico. Para Wallerstein, el foco no pasa tanto por las transformaciones tecnológicas luego de cada crisis, sino por el hecho de que la economía-mundo capitalista es un sistema que trabaja sobre un mapa de desigualdades regionales y, por ende, cada ciclo genera nuevas formas de centros y periferias. Al mismo tiempo, las crisis muestran los límites del sistema para resolver las contradicciones internas de cada modo de producción. La curva ascendente y descendente se interpreta como un proceso que, en su etapa de declive, va acumulando contradicciones que la estructura geoeconómica, según sus lógicas vigentes, no puede resolver. Al desatarse la inestabilidad generalizada se forman nuevos mecanismos que permiten la solución de dichos conflictos funcionales y la vida del sistema entra en una etapa de expansión y crecimiento. El fin de un sistema se da cuando las tendencias que resuelven las crisis cíclicas de corto plazo llegan a su nivel de asíntota, donde, no solo no solucionan las tensiones inmediatas, sino que empeoran las sistémicas en el largo plazo. Para Wallerstein, el capitalismo había llegado a dicho punto en el último cuarto del siglo XX, con lo cual las lógicas estructurales ya no podían resolver los desequilibrios acumulados. De allí que sostuviera que el ciclo comenzado tras la década de 1970 era la etapa final del capitalismo y que la historia se aproximaba a algo novedoso que ya no podría llevar el mismo nombre.

 

Lo concreto es que la economía mundial de los últimos treinta años pareciera no confirmar dicha predicción. Si bien es cierto que los niveles de producción industrial abandonaron su ritmo ascendente y las relaciones contradictorias entre salarios, beneficios del capital y bienestar social quedaron estancadas, surgió una curva ascendente motorizada por las tecnologías de la información. La construcción de la enorme red hiperconectiva alrededor del planeta abrió el mapa para un nuevo ciclo que puede ser llamado “capitalismo digital”.

 

Pandemia, biopolítica y profetas en el siglo XXI

Cuando hacia el fin de la década de 2010 aún se discutía si la última crisis financiera había sido superada, si las reformas fiscales habían sido suficientes y cuál sería el futuro de lo que muchos definían como “la era de la Gran Recesión”, el 2020 trajo lo inesperado. La primera pandemia de alcance global activó toda una serie de medidas sanitarias, restricciones a la libre circulación y alarmas macroeconómicas. El cruce entre economía y salud enfrentó a las sociedades a un año biopolítico en el que se fusionaron las antiguas fatalidades epidemiológicas con las lógicas del sistema monetario-financiero. Si en los años previos muchos debatían cuál sería la salida a la Gran Recesión en la que estaba inmerso el capitalismo, el contexto de pandemia obligó a cambiar el foco hacia lo que podría ser una Gran Depresión, tal vez más profunda que la de 1930.

 

El 16 de marzo de 2020, las portadas de los diarios argentinos mostraban la foto de algo que claramente amenazaba con romper lo que habitualmente se entiende por “normalidad”. Cierre de fronteras y suspensión de clases por quince días; España militariza las calles; la Corte Suprema debe definir si las restricciones a la circulación son constitucionales. Consejos para reacomodar la rutina durante los días de encierro: comer, rezar y amar ¿una ventana de oportunidades? ¿Será el celular el aliado para una sociedad obligada a la telepresencia? ¿Cuarentena en pleno siglo XXI? Una especie de escena medieval en la era tecnocrática; si las pestes antiguas iban atadas a la figura omnipotente de Dios, ahora los protagonistas eran la conspiración y los laboratorios. Las crónicas chinas daban las primeras pautas de cómo es vivir en cuarentena en plena era digital. Se trataba del comienzo de una crisis inédita: pandemia, lock down y virtualidad. Esta vez la señal de alarma no provino de los mercados financieros; sino desde lo epidemiológico.

 

Frente al enorme impacto que produjo el súbito cambio en el ritmo mundial de circulación de bienes, servicios y personas, algunos autores se aventuraron a elaborar sus predicciones (Waisbord, 2020). Byung-Chul Han anunciaba que, tras la crisis sanitaria, llegaría un capitalismo recargado. A partir de ciertos datos sobre cómo los países asiáticos gestionaban mejor la pandemia que los Estados liberales europeos, Han remarcaba que, para las culturas asiáticas, la vida cotidiana funciona con una organización más estricta y una confianza mayor en el Estado y que allí estaría la clave que permitiría que la herramienta para enfrentar la pandemia fuera la vigilancia digital, centralizada a través de los Big Data. En Asia, la pandemia se transformó en una cuestión no solo de epidemiólogos sino también de informáticos y científicos de datos; según Han, un cambio de paradigma del cual Occidente aún no se había enterado. Para la cultura asiática no existiría una conciencia crítica frente a la vigilancia digital y esto permitiría que el Big Data funcione con mayor eficacia que los cierres de frontera y las cuarentenas. Por otro lado, aunque el desplome de los mercados financieros es una forma de pánico inherente al sistema capitalista, el virus bien podría ser la gota que colmó el vaso y aceleró un crash definitivo, siempre latente. Con todo, el pronóstico de Han era que, lejos de tratarse de un golpe mortal al capitalismo y del ingreso en un nuevo comunismo global, en realidad el resultado sería que China podría exportar su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. Pero el capitalismo continuaría más pujante, solo que más vigilante (Han, 2020). El texto de Han era una respuesta a Slavoj Žižek, quien había anunciado que, tras la crisis, el futuro sería inevitablemente socialista: “el virus matará al capitalismo”; en tiempos de crisis sanitarias globales es necesario un Estado fuerte y medidas de largo plazo que requieren disciplina militar, lo cual anunciaría el último capítulo del capitalismo (Daza, 2020). En cambio (aunque desde una extravagancia similar) Giorgio Agamben se apresuró a descartar la importancia del COVID y a emular a Bolsonaro y a Trump afirmando que solo se trataba de una “gripe normal”; la pandemia era una invención sin pruebas (Agamben, 2020).

 

Por otro lado, algunas reflexiones menos proféticas resaltaban algo que realmente marcaría el rumbo de la crisis: la “economía durante el encierro”. El estado de pánico e incertidumbre frente a un virus desconocido no dejaba de ser una nueva oportunidad para actores y sectores específicos. El “apagado total” de la circulación global de ninguna manera implicaba que las sociedades fueran a entrar en un periodo de inactividad; con lo cual se abría una nueva dinámica económica: home-office, consumo on-demand, e-commerce y reuniones virtuales proponían un nuevo desafío para lo que algunos llamaban “el ultramundo” (Baricco, 2019) virtual. Las empresas del mundo digital (Netflix, Zoom, Mercado Libre, Amazon, entre otras) se encontraban con la tormenta perfecta; el mundo físico analógico solo podía sobrevivir si la digitalidad ponía toda su infraestructura material al servicio de la economía mundial (Oliveto, 2020). Para muchos, la conectividad y el teletrabajo podían ser leídos como sinónimos de mayor libertad frente a la explotación laboral; pero para otros trabajar por medio de las pantallas, desde los hogares, no sería más que otra de las caras de un “extractivismo digital 24/7” que es esencial al capitalismo (Carmona, 2021). Lo concreto fue que el 2020 quedará como un momento clave en la trama de la historia; se trató de un proceso trágico para muchos, una oportunidad de negocios para ciertos sectores y una puerta para un nuevo ciclo en el mapa geopolítico.

 

Aunque la perspectiva de sistema-mundo de Wallerstein pareciera fracasar cuando presagia el fin del capitalismo en la segunda mitad del siglo XX; por otro lado, acierta al poner de relieve cómo la larga vida de los sistemas sociales puede ser trazada a partir de ciclos marcados por momentos de crisis. Efectivamente, es allí cuando el mapa geoeconómico pareciera liberar el campo de luchas estructurales y tanto los Estados como los sectores privados salen a la arena a disputar posiciones en la arquitectura mundial.

 

La gran consolidación

El 7 de abril de 2020, cuando las cuarentenas todavía eran bien estrictas, me tocó compartir un debate en radio sobre la pandemia, la hipervigilancia digital y la idea de una posible crisis final del capitalismo. En aquella conversación esbozamos una predicción tímida y poco ambiciosa: “los grandes ganadores de la crisis actual serán la economía digital y el sector tecnocientífico, sobre todo el vinculado a la salud”. Aunque cargada de obviedad, aquella intuición puede ser retomada ahora como hipótesis de análisis a contraluz de las grandes teorías sobre los ciclos estructurales. Cuando Wallerstein afirmaba que el capitalismo había entrado en su etapa final, tal vez no tenía del todo en cuenta la importancia que tendría la infraestructura digital como motor económico. Aquella predicción tenía sentido (y sigue aun siendo defendida por muchos) desde la lectura que suele hacerse en base a los índices de actividad industrial en relación al crecimiento del PBI mundial. Las curvas econométricas muestran una tendencia que había comenzado a ser evidente a fines de la década de 1970; esto es, la economía industrial nunca pudo recuperar los desempeños del período de posguerra; de allí las reiteradas referencias a un mundo postindustrial con modestas tasas de crecimiento, insuficientes para una cohesión social virtuosa. Las actividades productivas, el salario y el empleo experimentaron desde entonces un descenso permanente y solo el sistema financiero acumuló ganancias. Dicha fotografía es la que permitió pensar que el capitalismo ya no podría resolver sus contradicciones internas.

 

La crisis desencadenada por el COVID derivó en que muchos radicalizaran esta lectura, sentenciando que la pandemia mataría tanto a la globalización (que ya parecía estar en retroceso) como al mundo interconectado. Sin embargo, ya en junio de 2021, diversos informes marcan que la mayor caída económica de los últimos cien años no se estaría traduciendo en una crisis de larga duración, sino que, por el contrario, se puede observar un inmediato rebote económico en forma de “V”. El dato concreto es que los niveles de inversión recuperaron rápidamente sus valores previos a la pandemia.

 

En este sentido, en el marco del foro de Davos de 2020 (cuando aún las vacunas eran una esperanza incierta), el concepto central fue el de “Gran Reinicio” [Big Reset]. Los presidentes, en aquella reunión, insistieron en un cambio de paradigma en el que todo el sistema es puesto a prueba y se abre la oportunidad para rebalancear el planeta. Las proyecciones hablaban del inicio de un mundo más digital, con drones de servicios a domicilio, Estados Unidos abandonando su rol como única potencia mundial, sostenibilidad ecológica, migraciones hacia las urbes y nuevos desafíos para la democracia en un mundo algorítmico. Las preguntas volvieron a girar sobre viejos temas: si el capitalismo ya entró en un nuevo ciclo, ¿hasta qué punto el supuesto reseteo no marcha hacia un sistema más totalitario? ¿No habremos entrado en un capitalismo digital en el que las empresas privadas serán más poderosas que nunca? ¿Qué implicancias conlleva que el mundo post-pandemia quede configurado como un sistema geoeconómico tecno-informacional?

 

Las décadas de 2000 y 2010 fueron las de la consolidación de una economía digital basada en los nuevos protagonistas del capitalismo global: los datos. Tal vez, la pandemia ha sido (simultáneamente) el quiebre y el motor que robusteció la estructura digital de la economía-mundo. En este sentido, el 2020 acaso deberá ser pensado como un golpe de inmersión digital que terminó por consolidar y acelerar aquel proceso ya en marcha. Desde el inicio de la crisis sanitaria, los indicadores de usuarios y conectividad sostuvieron su curva ascendente; todas las ramas del e-commerce crecieron entre un 20% y un 40% (salvo aquellas relacionadas con viajes, que cayeron entre un 50% y un 60%); por último, las billeteras virtuales, los bancos digitales y el sistema monetario cripto-económico explotaron, poniendo en jaque el futuro del dinero en efectivo (ver, en este sentido, el reporte 2021 del sitio We Are Social). Por otro lado, las grandes ciudades han comenzado a replanificar sus grillas espaciales y muchos sostienen que el equilibrio entre las formas de trabajo presencial y virtual será la clave de la competitividad. No será el home-office, sino trabajar desde cualquier lugar, a cualquier hora, cualquier día de la semana: work from anywhere. Las vacancias urbanas que dejó la crisis sanitaria abren nuevos esquemas espaciales (Dubner, 2021); las grandes ciudades comienzan a planificar formas híbridas basadas en la conectividad, articulaciones entre zonas residenciales y comerciales y re-funcionalización de centros financieros. Entonces, un ciclo de expansión pareciera ser motorizado desde la arquitectura digital y la economía de datos. Pero como cada ciclo expansivo del capitalismo, este también deberá enfrentar tensiones acumuladas y nuevas contradicciones en la trama del poder: estructuras democráticas en crisis, monopolios empresariales basados en el dataismo, profundización de desigualdades estructurales. Para otros tantos, la reconstrucción de una economía digital en la era post-pandemia ya no tiene tanto que ver con la productividad y fuerza de la industria, sino con la geopolítica económica tecno-informacional y las amenazas de sus nuevas formas totalitarias.

 

Desde una perspectiva de largo plazo, cabe señalar que aquellos índices descendentes que fundamentaron los pronósticos apocalípticos tal vez deberían ser contrapuestos a un indicador específico que creció exponencialmente y explica la lógica del nuevo ciclo: la generación de datos e información.

 

Si los años que median entre la década de 1980 y el colapso de la burbuja de las punto-com pueden ser considerados como un momento de acumulación originaria para el surgimiento de la economía digital, en los siguientes veinte años se produjo la multiplicación exponencial de nuevas capacidades socioeconómicas basadas en la potencia algorítmica. Finalmente, la crisis del 2020 tal vez sea el quiebre que cierra el ciclo y solidifica ciertas tendencias, condenando al absurdo a aquellas propuestas revolucionarias que proponen el desmantelamiento de ciertas capacidades tecnologías digitales que perpetuarían los vicios del capitalismo (revisar, en este sentido, todo el problema de la “doctrina del shock digital” y sus adversarios).

 

Si la economía clásica se configuró a partir de una industria arrolladora y en constante expansión; el capitalismo digital trae una serie novedosa de objetos de estudio. El crecimiento del PBI global, enfocado fundamentalmente en la actividad industrial, pareciera haber quedado estancado: las relaciones entre empleo, salario y beneficios nunca recuperaron los niveles de crecimiento equilibrado de la posguerra; pero una serie de indicadores, en cambio, crece exponencialmente: la interacción digital, el consumo on-demand, las plataformas, el dinero digital, etc. Mientras el gran logro del pensamiento económico de fines del siglo XIX fue sistematizar las ideas de renta, beneficio, productividad, costo marginal, oferta-demanda, inflación, el desafío de la economía digital será más bien la comprensión de la economía de datos. ¿Cómo medir la riqueza generada por los datos? ¿Qué tipo de valor guarda un algoritmo? ¿Puede seguir siendo el cruce entre utilidad y dinero el criterio primario?

 

Todo parece indicar que el pronóstico de Wallerstein sobre el agotamiento del sistema capitalista no se confirmará. En primer lugar, tras las crisis de la década de 1970, lejos de haber entrado en un ciclo en el que las lógicas del sistema ya no pueden resolver las contracciones económicas, el capitalismo avanzó hacia la expansión informacional. El horizonte proyectivo de dicho proceso se concretaría en la que luego sería la llamada “economía digital”. Ese capitalismo fue puesto a prueba en el 2020 y el resultado pareciera ser su consolidación: 1) La infraestructura global conectiva y sus diversas capas mostraron ser lo suficientemente robustas como para sostener el funcionamiento social en un contexto de profunda crisis; 2) Dicha infraestructura es altamente desigual y deja ver un mapa similar al de los centros y periferias propuesto por la perspectiva del sistema-mundo, pero con nuevos actores y sobre una arquitectura nodal-reticular transfronteriza; 3) Aunque hubo sectores económicos que rápidamente se desmoronaron (principalmente, el turismo), aquellos que se especializan en la economía de datos, el consumo digital y las diversas formas de conectividad encontraron la oportunidad para continuar creciendo sobre una dinámica que ya era previamente expansiva.

 

Si todo se tratase de un cuento de Borges, tal vez la voz sentenciaría: “¡Pero, che! Enfrentan una profunda crisis económica desatada por un trágico contexto sanitario, reavivan todos los antiguos miedos frente a la finitud de la vida y la fuerza indómita de lo biológico y no saben que solo se trata de una simetría proporcional para dar forma a las variantes cíclicas y repetitivas de la historia”.

Bibliografía

Agamben, Giorgio (2020). “La invención de una pandemia”, en Página 12 (versión digital), 5 de marzo de 2020, Buenos Aires.

Baricco, Alessandro (2019). The game, Buenos Aires, Anagrama.

Borges, Jorge Luis (1974), “La trama”, en Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, p. 793.

Carmona, Facundo (2020). “Jussi Parikka: el nuevo materialismo histórico”, en Crisis (versión digital), 21 de julio de 2021, Buenos Aires.

Daza, Baltasar (2020). “Zizek y los efectos de la pandemia”, en La Tercera (versión digital), 7 de mayo de 2020, Santiago de Chile.

Dubner, Stephen (2021). “Will work-from-home work forever?”, en Freakonomics Radio, episodio 464, 2 de junio de 2021.

Han, Byung-Chul (2020). “La emergencia viral y el mundo de mañana”, en El País (versión digital), 21 de marzo de 2020, Madrid.

Marichal, Carlos (2010). Nueva historia de las grandes crisis financieras, Buenos Aires, Debate.

Oliveto, Guillermo (2020). “La vida y la economía durante el encierro”, La Nación (versión digital), 16 de marzo de 2020, Buenos Aires.

Waisbord, Silvio (2020). “Los falsos profetas de la pospandemia, en Anfibia, Buenos Aires.

Wallerstein, Immanuel (2011). El moderno sistema mundial, vol. I, México, Siglo XXI.

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